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CORPUS CHRISTI - Homilía - Catedral Metropolitana - 17 de junio de 2017 PDF Imprimir E-mail

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Homilía - Catedral Metropolitana - 17 de junio de 2017

Queridos hermanos:
Nos hemos reunido para celebrar con gozo y gratitud en este día la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Nuestra presencia es una respuesta, es un sí de fe y de amor a quién ha venido para darnos su vida, para quedarse con nosotros y caminar juntos. ¡Cuántos signos de fe y de conversión vemos en nuestra gente, especialmente en los jóvenes, frente a la presencia de Jesús en la Eucaristía! Así quiso quedarse, así lo reconocemos y adoramos. Él es nuestra riqueza y nuestra identidad Católica. Parecería que a esta realidad tan honda, tan permanente y cercana la vamos descubriendo de una manera nueva. Me atrevería a decir que el despertar de la devoción eucarística se nos presenta hoy como un signo de nuestro tiempo. En ella, la dimensión religiosa del hombre encuentra una verdad que buscaba.

Este año queremos decirle: Jesús, alimenta nuestra esperanza. En este lema, al tiempo que expresamos nuestra fe en su presencia, reconocemos nuestra condición de criaturas con su dignidad y grandeza, pero también con su fragilidad y necesidad de ser acompañada. Vivir con fe esta realidad de nuestro caminar es un signo de sabiduría, es un don del Espíritu, que nos introduce en la verdad profunda de lo que somos. Es volver a decirle con los primeros discípulos en el camino de Emaús: “Señor, quédate con nosotros”, (Lc. 24, 29), te necesitamos. Con ello reconocemos nuestra condición de peregrinos, pero lo hacemos con la certeza de seguir un camino que Él ya ha abierto con su Pascua y lo sigue haciendo junto a nosotros. Él nos precede, no caminamos solos. Esta es nuestra alegría y nuestra confianza que hoy nos ha congregado como Iglesia.

corpus2017 01La adoración eucarística nos debe llevar a una participación más plena en la celebración de la Santa Misa. Esta verdad san Pablo nos la presenta a modo de una pregunta, cuando nos dice: Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? (1 Cor. 10, 16); nos habla de ella como alimento, por ser “fuente y cumbre” de la vida cristiana (L.G. 11). Ella es el “pan del peregrino”. Una espiritualidad eucarística debe motivar, por ello, el deseo a una participación más plena y comprometida con el Cuerpo de Cristo. No estamos ante un objeto religioso a contemplar, sino ante la presencia viva de Cristo que nos llama y nos quiere hacer partícipes de su Vida, para hacernos testigos y piedras vivas de su Iglesia. Hay una decisión que él espera de nosotros, esta decisión es una gracia que debemos pedir, pero es nuestra, depende de nuestra libertad: “Yo estoy junto a la puerta y llamo, hoy nos sigue diciendo, si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). ¡Señor, dame la gracia de comprender el significado y lugar de tu presencia, que me permita escuchar y hacer realidad este llamado en la participación de la Misa dominical en nuestras comunidades! Sé que ahí estás y ahí me esperas, Señor.

La fe cristiana tiene, además, un horizonte universal que no es proselitismo, sino testimonio de una presencia que, respetando nuestra libertad, nos presenta un camino que nos mueve a seguirlo por atracción de su verdad, bondad y belleza. Esto aleja a la fe de todo fanatismo que comprometa la libertad del hombre. Al hablarnos de la Eucaristía Jesús nos muestra esta universalidad, diciéndonos: “y el pan que yo les daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn. 6, 51), es decir, nos es solo para mí, es para la Vida del mundo. Ello nos debe llevar a preguntarnos si mi participación en la eucaristía tiene este alcance que Jesús le da a su presencia como enviado del Padre para todos, o queda solo como una buena práctica religiosa personal, pero sin la apertura a ese horizonte del que nos habla Jesús. Participar en la Santa Misa, celebrar la Eucaristía, es asumir, por ello, un compromiso con el proyecto de Jesucristo que nos define como “discípulos y misioneros” de su presencia en el mundo.

Queridos hermanos, deseo concluir estas palabras recordando la oración que elevamos como Iglesia en Argentina al celebrar el Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán: Jesucristo, Señor de la historia te necesitamos. Tú eres el Pan de Vida para nuestro pueblo peregrino. Conscientes de tu presencia real en el Santísimo Sacramento te alabamos y adoramos, te celebramos y proclamamos, te recibimos y compartimos. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, nos acompañe y oriente nuestra mirada a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Catedral Metropolitana - 25 de Mayo 2017 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo43INVOCACIÓN RELIGIOSA - TE DEUM

Celebrar la gesta del 25 de Mayo de 1810 es recordar y sentirnos parte de una historia que no es nostalgia del pasado, sino responsabilidad de ciudadanos libres para proyectar su futuro. Es memoria agradecida que nos compromete y nos debe llevar a asumir el presente desde un futuro que nos pertenece y desafía en la esperanza. La esperanza no es una virtud pasiva, no es esperar que las cosas cambien, tampoco es algo voluntarista. El hombre de esperanza es alguien que se compromete para que las cosas cambien. Toda celebración auténtica y fecunda es una mirada agradecida que sabe unir desde el presente, el pasado y el futuro, en su dinámica creativa. No es anclarse en el pasado ni soñar un futuro si raíces. El hombre de esperanza no es individualista, sabe que es parte de un nosotros que le da identidad. La Patria es el nosotros que hoy celebramos.

En este marco celebrativo del 25 de Mayo, donde pueblo y dirigentes son llamados a encontrarse como miembros de una misma comunidad, hemos venido a elevar una oración a Dios a quien reconocemos como Creador. La oración no es algo mágico. Dios ha creado hombres libres y responsables, dotados de inteligencia, voluntad y sentimientos, y le ha confiado el manejo de las cosas temporales en su justa autonomía. La oración no nos exime de nuestra responsabilidad, la supone y exige. Invocar a Dios es un acto de sabiduría y confianza en Dios, como de reconocimiento de nuestra dignidad de criaturas con su grandeza y límites. No somos dioses, el hombre no se crea a sí mismo, pero somos protagonistas responsables de la creación recibida. Dios no es ajeno a la vida del hombre.

Lo que guía a la esperanza de un pueblo es tener un ideal, un proyecto que incluya a todos, pero necesita ir acompañado de valores que lo sostengan y que se encuentren, además, encarnados en testimonios de ejemplaridad. En toda cuestión humana la referencia a la vida moral no es un agregado yuxtapuesto sin mayor importancia, sino una exigencia que hace a la verdad y da credibilidad a la palabra dada que nos permite confiar. La esperanza necesita de la confianza. ¡Qué bueno es ser confiable para mi hermano!

Cuando hablamos de crisis de confianza, hablamos de algo grave, diría de una enfermedad que va debilitando la vida cívica y social. La falta de confianza compromete seriamente el crecimiento y la equidad de un pueblo. Esta dimensión ética y moral, tanto en la vida del dirigente como del ciudadano, es parte esencial del compromiso que debemos renovar y asumir al celebrar un nuevo aniversario de nuestra Patria. Argentina necesita encontrar en sus hijos la sabiduría de diálogo y la capacidad de encuentro, pero también el valor de una vida virtuosa que traduzca a los valores en acciones y hábitos personales y sociales. No alcanza con proclamar valores, si éstos no llegan a arraigar en el corazón del hombre.

Señor, desde nuestra amada ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, cuna de la Constitución Nacional, queremos reconocerte una vez más como “fuente de toda razón y justicia”, y decidirnos a ser “una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común…. sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz”. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe PDF Imprimir E-mail

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Homilía - 30 de abril de 2017

Cada año nos convoca la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe para renovar nuestra devoción filial a María. Es una devoción que reconoce su origen en un acto de amor a nuestra Madre. La Iglesia vio en ese pequeño hecho religioso de nuestra historia un camino de Dios, que en su providencia había querido mostrarnos en María un lugar de encuentro con su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Así lo consideró nuestro primer obispo, Mons. Agustín Boneo, cuando al llegar a Santa Fe se encontró con esta devoción, ya centenaria, que llamó su atención por la afluencia de fieles y la sólida devoción que despertaba. Valoró el hecho, y luego la proclamó Patrona de la nueva diócesis. María, podemos decir, se dejó encontrar en la simple devoción de un ermitaño y en una imagen que sigue siendo un signo silencioso y elocuente de la providencia de Dios. Así nació y sigue creciendo Guadalupe, como lugar de piedad, de encuentro y de amor de los santafesinos a la Santísima Virgen.

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En el marco celebrativo de su Fiesta nos hace bien volver a escuchar aquellas palabras que Mons. Boneo les dijo a los primeros peregrinos, para que ellos, a su vez, las trasmitan a sus familias y vecinos: “Decidles que en nuestra querida Santa Fe, no lejos de sus puertas, existe un humilde Santuario, una célebre ermita consagrada a la Santísima Virgen de Guadalupe… Decidles que de hoy en adelante, este será el sitio privilegiado a donde se darán cita la piedad de los santafesinos y el amor a su excelsa Madre”. Esto hoy lo quiero testimoniar y trasmitir a las futuras generaciones que peregrinen a este Santuario. La devoción a Guadalupe tiene una raíz histórica, religiosa y eclesial. Sepamos vivir y comunicar este de acto de fe y de amor a María, nuestra Madre.

La presencia de ustedes, queridos peregrinos, es un claro testimonio de lo que ella misma nos adelantó proféticamente en su Magnificat cuando exclamó con gozo: “En adelante todas las generaciones me llamará feliz” (Lc. 1, 48). Sí, hoy, con el amor de hijos te llamamos nuevamente feliz por tu “fiat”, por el sí que le diste al Señor. Te llamamos feliz por tu fidelidad que sostuvo nuestra esperanza al pie de la Cruz, y por tu presencia junto a los apóstoles en el camino de Pentecostés. Te llamamos feliz porque has acompañado nuestra fe y has sido una referencia de esperanza en momentos de dificultad. Te hemos traído nuestras alegrías pero también nuestras tristezas con la confianza de hijos, porque sabemos que no caminamos solos, que sigues siendo fiel al pedido que te hiciera tu Hijo.

Este año, al celebrar la 118° Peregrinación Arquidiocesana, venimos a renovar un pedido: Madre de la Esperanza, que Jesús sea nuestra Buena Noticia. Este lema expresa nuestra mejor oración, la que Tú esperas de cada uno de nosotros como madre, que te pidamos que tu Hijo sea: “nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida” (Jn. 14, 6). Jesucristo es la Buena Noticia para el hombre amado por Dios, y para quién él le ha dejado el Evangelio de la “gracia y de la vida, de la verdad y el amor, de la justica y la paz”. Esto le pedimos hoy a María, que su Hijo sea nuestra Buena Noticia para que vivamos la “alegría del Evangelio”, y seamos testigos de su presencia ante nuestros hermanos. En este camino de fe María es un lugar privilegiado de encuentro con Jesucristo.

¡Necesitamos a Jesucristo! ¡Qué importante es reconocer nuestra fragilidad, pero también saber dónde está la fuente de nuestra fortaleza! Este es el anuncio central de la Iglesia: Jesucristo. Él es el camino y la garantía de nuestra esperanza. Solo en él se ilumina y se esclarece el misterio de la vida del hombre (G. S. 22). El encuentro con Cristo es luz que orienta y da fuerza a nuestro peregrinar. Volver nuestra mirada a él es siempre comienzo de una vida a la que estamos llamados como hijos de Dios. Por ello, cuando anunciamos a Jesucristo damos al hombre la mayor respuesta a su vocación, aquella que da sentido y alegría a su vida. Vivir y predicar este mensaje es el mejor regalo a María.

En este contexto de oración e intimidad con nuestra Madre los invito a mirar con ojos de fe y esperanza la realidad de nuestra amada Patria. En un país bendecido por Dios y dotado de tantas riquezas y posibilidades que es motivo de constante gratitud, sin embargo, debemos lamentar circunstancias que debilitan nuestra amistad social. Es un obstáculo esa dificultad de encontrarnos desde la diversidad. Nos hemos acostumbrado a una cultura del enfrentamiento y la ruptura que nos aleja de esos espacios de encuentro tan necesarios para generar proyectos de crecimiento y equidad social. La cultura del encuentro necesita del diálogo y el respeto, de la responsabilidad y la solidaridad, especialmente de la clase dirigente en el marco institucional del Estado, como expresión de la democracia al servicio del bien común. La calidad institucional es, como dijimos, el camino más seguro para lograr la inclusión social (CEA. Hacia un Bicentenario, n° 35).

Tampoco podemos en este marco de fe en un Dios que es Padre de todos, dejar de mirar las heridas de tantos hermanos que son víctimas de la pobreza, el crimen del narcotráfico, la violencia, especialmente a la mujer. La crisis argentina tiene su raíz en conductas que se han desvinculado de la exigencia moral de los valores. La conciencia como regla suprema del obrar parecería que se ha adormecido, la hemos adormecido. El dinero, el poder y el éxito a cualquier precio han ocupado un lugar en la escala de los intereses individuales o grupales, que han desplazado a la verdad y devaluado el valor de la palabra. Cuando la deshonestidad y la impunidad avanzan el cuerpo social se debilita. Argentina necesita volver su mirada a Dios como fundamento del orden moral, que es “fuente de toda razón y justicia”. Elevemos nuestra oración a María, Madre de la Esperanza, por nuestra amada Patria.

Queridos hermanos, como todos los años les voy a ser entrega por decanatos al finalizar la Santa Misa, de una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, “patrona y misionera de Santa Fe”, para continuar el camino de nuestra Misión Arquidiocesana. María los espera para llevar el evangelio de su Hijo a todos nuestros hermanos. Qué bueno que Ella encuentre entre ustedes generosos misioneros, que desde sus parroquias, capillas, movimientos e instituciones le digan un sí a esta convocatoria que les hago, como Padre y Pastor, en nombre de la Iglesia. Que María Santísima, nuestra Madre de Guadalupe los acompañe en el regreso a sus casas y a lo largo de todo este año. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Misa Crismal PDF Imprimir E-mail

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Catedral Metropolitana – 12 de Abril de 2017

La celebración de la Misa Crismal es un momento de relevancia en la vida apostólica y pastoral de la Iglesia particular. En esta eucaristía presidida por el Obispo junto a su presbiterio, con la participación de diáconos, religiosas, religiosos, ministros y fieles laicos, la Iglesia expresa su vida de comunión y, al mismo tiempo, nos invita a renovar, en Cristo, el compromiso eclesial y misionero de la fe. La Misa Crismal es signo de la Iglesia como sacramento de salvación. Agradezco la presencia de tantos fieles y comunidades que mucho valoro, y son un testimonio de vida eclesial.

Mons.Arancedo56Junto a la consagración del santo Crisma y la bendición de los santos Óleos, los sacerdotes van a renovar las promesas de su ordenación. Dos hechos que nos hablan del significado apostólico y sacramental de la Iglesia, como del sentido del ministerio sacerdotal en el Plan de Dios. Somos llamados a actuar, queridos sacerdotes, “in Persona Christi”, por el don recibido que nos define: “como administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pe. 4, 10). La Iglesia les va a pedir también a ustedes, queridos fieles, que recen por sus sacerdotes para que sean fieles testigos y servidores del pueblo de Dios.

En esta homilía he querido volver la mirada a esa rica definición de Iglesia como “misterio de comunión misionera”, que nos dejara la teología de Concilio Vaticano II. Ella nos introduce en la vida de la Iglesia como sacramento de salvación. Ser hombres del “misterio, la comunión y la misión” define, orienta y enriquece toda vocación eclesial.

La Iglesia es misterio porque tiene su fuente y su término en Dios. “Ecclesia ex Trinitate et in Trinitatem”, nace y camina hacia la Trinidad. Es, en Cristo, sacramento del amor del Padre. Vive comprometida en el mundo y es parte de su historia, está formada por hombres y mujeres que peregrinan con la esperanza de una plenitud de Vida; tiene memoria de su origen y, al mismo tiempo, camina con la certeza de su fe hacia la Patria celestial; sabe que su vida y su fuerza está en Dios, pero también que se edifica con nuestra frágil dignidad de hijos de Dios: “a manera de piedras vivas” (1 Pe. 2, 4); ella necesita de nuestra entrega y fidelidad. Solo en Cristo y guiados por su Espíritu nos podemos adentrar en la intimidad de su ser.

Ser hombres y mujeres de Iglesia es descubrirnos en la intimidad de su Misterio. A esta verdad de fe la debemos vivir como un don. Frente a ello lo primero es la gratitud, como respuesta humilde y confiada de quien se sabe destinatario de una gracia, de una llamada. Es reconocernos en aquellas palabras de Jesús, cuando alaba al Padre: “por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así los ha querido” (Mt. 11, 25). Solo un corazón simple es capaz de comprender este evangelio y hacerse servidor de los demás.

La puerta de acceso al Misterio es una inteligencia iluminada por la fe que nos hace contemplativos de la obra de Dios y hombres de oración. Para el hombre de fe Dios es una verdad que lo ilumina y se le revela por su Palabra. La oración es, así, respuesta confiada a un Dios que nos habló en su Hijo y nos llama a vivir bajo su mirada providente. El hombre de oración va interiorizando en su vida los frutos del Espíritu de Cristo resucitado, que son expresión de una vida nueva: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad, confianza, temperancia y mansedumbre” (Gal. 5, 22-23). Cuando falta el sentido del Misterio se banaliza la fe, la oración pierde el sentido de alabanza y gratitud, y deja de orientar el camino de nuestro crecimiento espiritual, terminando por debilitar en nuestra vida los frutos del Espíritu que son el signo de la presencia de la Iglesia.

Este encuentro con Dios, que nos introduce en la intimidad de su Misterio, nos debe llevar a vivir en comunión. Ella no es un agregado, es testimonio de un auténtico encuentro con Dios. Necesitamos siempre volver a escuchar a Jesucristo, el testigo fiel, para hacer nuestra esta verdad que es fuente y modelo de la Iglesia. Necesitamos meditar con un corazón abierto y creyente la palabra que Jesús nos dejó a modo de testamento eclesial: “Padre, que sean uno: como tú estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn. 17, 21). No es menor que este texto mayor sobre la unidad y la comunión, el Señor lo haya revelado en la intimidad de su oración con el Padre.

En la vida cristiana siempre estamos en camino, especialmente respecto a este ideal de comunión al que estamos llamados, y somos conscientes que no lo hemos alcanzado plenamente, pero qué importante es que podamos decir con Pablo: “sigo en camino” (cfr. Filp. 3, 16). ¡Y qué triste, en cambio, cuando no se vive el ideal de comunión como una verdad de nuestra fe! Cuando esto sucede, es señal de que hemos bajado los brazos y hemos separado de la vida de fe la exigencia de comunión, que vamos perdiendo, incluso, el sentido del perdón y la reconciliación que son pilares de una vida de comunión, la conciencia se puede ir adormeciendo. Este camino necesita de un sincero examen de conciencia, como fuente de una madura y responsable espiritualidad apostólica y eclesial.

La vivencia del Misterio de Comunión, finalmente, está llamada a expresar el rostro de una Iglesia misionera. La misión tampoco es un agregado. Al contrario, el fervor misionero es signo elocuente de la presencia del Espíritu: “Ay de mí, si no evangelizare” (1 Cor. 9, 16), es la conciencia que definía la espiritualidad del apóstol. La vida actual nos puede llevar a vivir pendientes de nuestras pequeñas necesidades y no sentirnos protagonistas de un proyecto de vida para los demás. La Iglesia es para ellos, su vocación y su gloria es evangelizar. Una espiritualidad misionera vive con alegría y agradece el don recibido. No es posible crecer en una gozosa y fecunda espiritualidad eclesial, si no sentimos la necesidad de ser protagonistas de una Iglesia que manifieste en nosotros el deseo de vivir su verdad plena, que es ser un misterio de comunión y misión.

Queridos hermanos, les recuerdo que como todos los años en la Fiesta de Nuestra Madre en Guadalupe, le haré entrega a cada Decanato de su imagen misionera, que nos viene acompañando en nuestra Misión Arquidiocesana. Nadie puede sentirse eximido de unirse y alentar, y si es posible participar, en este compromiso que hemos asumido como Iglesia. Que el Señor los bendiga y María Santísima los cuide y acompañe. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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