Homilía en la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe 2011 Imprimir E-mail
Palabras del Obispo - Homilías

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe

Domingo 8 de Mayo de 2011

Homilía

Queridos hermanos:

Como todos los años venimos a celebrar la Fiesta de Nuestra Madre. Como todos los años Guadalupe nos sorprende por el fervor de un pueblo que peregrina movido por la fe y el amor, y con la certeza de un camino que le pertenece.

 La presencia de la Virgen en Guadalupe tiene su razón de ser en la vida e historia de nuestra comunidad. La lectura de este hecho nos muestra cómo nació en el pueblo y fue marcando un camino de encuentro con Dios en este preciso lugar y en torno a esta venerada imagen, que se convirtió en patrimonio y punto de referencia para la fe de los santafesinos. Qué triste, cuando no se conoce ni valora el significado religioso y cultural de una tradición que nace de la fe y expresa a una comunidad.

La devoción católica a la Virgen tiene su centro en Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres. Ella nos orienta hacia él y nos dice hoy, como ya le dijo a los apóstoles: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn. 2, 5). Acercarnos a María es renovar nuestro encuentro con Jesucristo para vivir de su Palabra y los Sacramentos, que nos ha dejado para caminar junto a nosotros. Este mensaje simple y profundo es el que se vive y renueva cada año en Guadalupe. Una auténtica devoción a la Virgen es, por ello, la que mantiene viva en nosotros el amor a la palabra de su Hijo y el sentido de pertenencia y comunión con la Iglesia. El lugar de María en la Iglesia es un lugar único elegido por Dios, y que el mismo Jesucristo nos la ha dejado como madre: “Aquí tienes a tu madre” (Jn. 19, 26-27), nos sigue diciendo.

Esta 112° Peregrinación Arquidiócesana a Guadalupe nos convoca bajo el lema: “Madre, danos fuerza para amar y servir a la vida”. El lema se ubica en el marco del “Año de la Vida”, que la Iglesia en la Argentina nos ha propuesto. La vida humana no es una idea que podamos considerar abstractamente, ella existe en cada hombre concreto. No estamos ante una idea más, sino ante una realidad que es única y personal. Hablar de la dignidad de la vida humana significa hablar de la dignidad de todo hombre y a lo largo de toda su vida. Es la ciencia la que nos dice que esta vida ya existe desde el embrión, es decir, que desde la concepción estamos ante la realidad de un nuevo ser con su propia identidad. Este hecho, que marca el inicio de una vida, nos compromete a lo largo de toda su historia, principalmente desde el embarazo, pero también en su nacimiento, educación y desarrollo integral. No defendemos ideas, defendemos la dignidad concreta de todo ser humano.

Los ataques que sufre la vida se presentan en momentos de especial fragilidad, pienso en el tiempo del embarazo con el peligro del aborto, consecuencia de una mentalidad que ha perdido el sentido de su gravedad moral y cultural. Parecería que la vida del otro ha dejado de ser un límite a mi libertad. ¡A cuánto niños hoy se le impide nacer! Hay una crisis en el modo de vivir la exigencia de los valores, que va debilitando el sentido de responsabilidad social y política. Pienso en una niñez que crece sin referencias que la contenga, ni ejemplaridad que la anime; víctimas, en algunos casos, de la marginalidad. Pienso en la vida de los jóvenes frente al ataque de la droga que avanza con la complicidad del silencio y la impotencia de la autoridad. Pienso en el tema de la inseguridad que se vive, donde el paso del robo a la muerte se convierte en algo común. Estamos ante signos de una sociedad enferma que debemos asumir y de la que somos parte; no podemos ser espectadores que comentamos la realidad, sino comprometernos con los valores y la docencia de una cultura de la vida.

Es la vida humana la que ha perdido valor, por ello venimos hoy a pedirle a nuestra Madre en Guadalupe, “danos fuerza para amar y servir a la vida”. En primer lugar para amar a la vida como un don que poseemos y poseen nuestros hermanos, del que estamos agradecidos y nos sentimos responsables de su cuidado. El amor debe hacerse servicio a la vida. Aprovecho esta oportunidad para pedirles a los diversos candidatos políticos en este año electoral y con el respeto que me merecen, que presten una especial atención al tema de la vida en todo su desarrollo, y no tengan miedo en defender a la vida desde la misma concepción. La defensa de la vida es una causa que necesita claridad y compromiso. La importancia de este tema no admite ambigüedades, requiere de una clara definición que tutele el valor de toda vida humana. No es coherente con su fe un cristiano, o un político cristiano, que apoye el aborto. Esto venimos a hacerlo oración y compromiso a los pies de nuestra Madre en Guadalupe: Madre, le decimos, danos fuerza para amar y servir a la vida.

Al finalizar esta celebración, como lo venimos haciendo todos los años, vamos a iniciar el camino anual de la Misión Arquidiocesana haciendo entrega de una imagen de la Virgen de Guadalupe, Patrona y Misionera de Santa Fe. La Misión es signo de una fe madura y de compromiso eclesial. Una Iglesia que pierda su ardor misionero es una Iglesia que se va adormeciendo en sus pastores y en sus fieles, y va perdiendo el sentido de su presencia en el mundo. A esta exigencia de la fe se le agrega, además, la orfandad religiosa de un pueblo que hemos bautizado. ¡Cuánta gente vive con alegría el reencontrarse con su madre, la Iglesia, que un día los había bautizado, y que tal vez los había abandonado! Hay una deuda con el bautismo que hemos dado a nuestros hermanos. Por ello les recomiendo a todos, sacerdotes, religiosos o laicos, que sean generosos con su tiempo y animen a sus comunidades a asumir y ser parte de esta convocatoria que hace a la vida y madurez de nuestra fe, como a la presencia de la Iglesia en el mundo.

Queridos hermanos, solo me queda agradecerles esta fervorosa presencia que se renueva cada año en Guadalupe, que fortalece nuestros lazos de pertenencia y nos anima a renovar el compromiso de nuestra vida cristiana. Que María Santísima nos acompañe y que su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, sea siempre nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Amén.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa fe de la Vera Cruz